Nuestros ancestros trepaban a los árboles. Seguramente de ahí procede ese atávico impulso que sentimos. Quizá sea en la infancia cuando la llamada es más fuerte. Ver el mundo desde la altura de un árbol, aunque sea pequeño, se presenta como una extraordinaria aventura que representa un logro físico y una promesa, la de descubrir algo nuevo desde esa sugerente perspectiva.
En muchas partes de ese mundo, la gente sube a los
árboles para recolectar frutos y otras materias, o para realizar tareas de
mantenimiento y cuidado de los árboles.
Hay quien observa, fotografía o investiga la copa de
los árboles, junto con las plantas y animales que aprovechan ese nivel del
bosque.
Algunas personas escalan a los árboles por el placer, la
aventura y la experiencia de estar en la frondosa copa. Existen asociaciones
que organizan actividades recreativas para ello, incluso campeonatos de trepa.
Otra razón para encaramarse a un árbol es la de protestar
por su tala. Quizá el caso más famoso sea el de Julia Butterfly Hill, que permaneció
738 días sin bajarse de lo alto de una secuoya, bautizada como Luna, a 50 m de
altura. Su gesta tuvo como resultado salvar la vida del árbol y la protección
de un entorno de 60 m, y la convirtió en un símbolo del movimiento
conservacionista. Sucedió entre 1997 y 1999 en un bosque de secuoyas centenarias
del Norte de California que estaba siendo talado para explotar su madera.
Mucha gente trepa a través de las historias como la de
Cosimo, El Barón Rampante de Italo Calvino, que un día que se enfadó con su
aristocrática familia se subió a un nogal y pasó el resto de su vida entre las
copas de los árboles.
Subir a los árboles, de la forma que sea, pero siempre
respetándolos, es una experiencia que transforma; potencia el contacto con el árbol,
con nuestro interior y con el mundo.











