miércoles, 4 de febrero de 2026

Trepar a los árboles

Nuestros ancestros trepaban a los árboles. Seguramente de ahí procede ese atávico impulso que sentimos. Quizá sea en la infancia cuando la llamada es más fuerte. Ver el mundo desde la altura de un árbol, aunque sea pequeño, se presenta como una extraordinaria aventura que representa un logro físico y una promesa, la de descubrir algo nuevo desde esa sugerente perspectiva. 

En muchas partes de ese mundo, la gente sube a los árboles para recolectar frutos y otras materias, o para realizar tareas de mantenimiento y cuidado de los árboles.

Hay quien observa, fotografía o investiga la copa de los árboles, junto con las plantas y animales que aprovechan ese nivel del bosque.

Algunas personas escalan a los árboles por el placer, la aventura y la experiencia de estar en la frondosa copa. Existen asociaciones que organizan actividades recreativas para ello, incluso campeonatos de trepa.

Otra razón para encaramarse a un árbol es la de protestar por su tala. Quizá el caso más famoso sea el de Julia Butterfly Hill, que permaneció 738 días sin bajarse de lo alto de una secuoya, bautizada como Luna, a 50 m de altura. Su gesta tuvo como resultado salvar la vida del árbol y la protección de un entorno de 60 m, y la convirtió en un símbolo del movimiento conservacionista. Sucedió entre 1997 y 1999 en un bosque de secuoyas centenarias del Norte de California que estaba siendo talado para explotar su madera.

Mucha gente trepa a través de las historias como la de Cosimo, El Barón Rampante de Italo Calvino, que un día que se enfadó con su aristocrática familia se subió a un nogal y pasó el resto de su vida entre las copas de los árboles.

Subir a los árboles, de la forma que sea, pero siempre respetándolos, es una experiencia que transforma; potencia el contacto con el árbol, con nuestro interior y con el mundo.